Raymond Aron: los intelectuales y sus mitos

Ficha bibliográfica: “Raymond Aron: los intelectuales y sus mitos”, en Nexos, núm. 334, México, octubre de 2005, pp. 51-59

Este año se cumple el centenario del nacimiento de Raymond Aron, filósofo, sociólogo y comentarista político francés que falleció en 1983 y en cuya obra se aborda una amplia gama de temas que van desde el estudio de los clásicos de la filosofía, la sociología y la ciencia política, a las reflexiones sobre la guerra y la paz, al análisis sobre el papel de los intelectuales y al diagnóstico de la sociedad industrial. Sin embargo, como señala Soledad Loaeza, una de las cualidades más notables de la obra no es tanto su extensión como su independencia con relación con los paradigmas reinantes en el mundo cultural y universitario de la segunda posguerra, dominado por un pensamiento de corte marxista y una intelectualidad que otorgaba un prestigio sin precedentes a la Unión Soviética.

En contraste, la propuesta de Aron busca reivindicar las leyes propias del conocimiento en oposición a las actitudes deterministas y dogmáticas. Desde esta perspectiva, nuestro autor considera que dada la enorme complejidad de los fenómenos políticos, éstos deben ser analizados sin caer en actitudes reduccionistas, visiones binarias o falsos moralismos. Como Max Weber, Aron considera que la realidad no puede ser aprehendida de manera global y las verdades en economía, en sociología y en ciencia política siempre son parciales y reflejan tan sólo una parte de la complejidad social.

A pesar de su importancia, Raymond Aron es un autor poco influyente en México. Con excepción de “Las etapas del pensamiento sociológico” y la introducción a “El político y el científico” de Weber, sus obras prácticamente no han circulado entre estudiantes y académicos. En parte esta marginación se explica por el gran impacto del marxismo y en particular del pensamiento francés de izquierda durante la década de los años setenta que constituye una etapa de suma importancia para la institucionalización de la sociología y de las ciencias sociales en México. Sin embargo, su pensamiento continuará siendo poco conocido aún durante las siguientes dos décadas y Raymond Aron no tendrá un lugar dentro de la “nueva oleada” de las ciencias sociales en México que se abre a la diversidad de alternativas teóricas y a diferentes “paradigmas” para acercarse al mundo social y político.

Este desconocimiento no ha sido un fenómeno exclusivo de México y América Latina, sino que en su propio país Aron tuvo que lidiar con una indiferencia dentro de un medio universitario caracterizado por la politización del conocimiento y la hegemonía de una sola corriente de pensamiento y donde, en el contexto de la Guerra Fría, la posición de muchos sectores intelectuales simpatizaba con el marxismo.

A este hecho se aunó el fervor de la intelectualidad francesa frente al existencialismo y la gran popularidad de Jean-Paul Sartre, quien también conmemora su centenario este año, y quien fuera compañero y amigo cercano de R. Aron en sus etapas de formación y después se convertiría en un declarado adversario ideológico. De hecho, dada la enorme popularidad de Sartre, su nombre aparece de forma constante citado críticamente en las diferentes obras de Aron. Para él, el compromiso sartreano propiciaba la confusión entre moral y política, sostenía un absoluto revolucionario que provocaba la pérdida de respeto al individuo y promovía un moralismo que fomentaba la irrupción de las pasiones en la reflexión política impidiendo la autonomía de la misma.

Aron se define a sí mismo como “keynesiano con alguna inclinación al liberalismo” y como tal se encontrará marginado en un contexto francés en el cual el liberalismo no ocupaba un lugar importante en el mundo de las ideas y de la acción política. Las opiniones políticas y académicas de Aron y su autonomía y distancia crítica frente a las ideas en boga se expresan en muchos de sus textos, pero en particular en el libro titulado El opio de los intelectuales -en alusión a la conocida frase marxista de que “la religión es el opio del pueblo”- en donde argumenta que el comunismo se ha convertido en una nueva fe, en una doctrina secular que determina la jerarquía de valores, promueve una interpretación global del universo y avala actitudes intransigentes similares a los de los cruzados de todos los tiempos. Aron afirma que los procesos soviéticos de 1936-1938 -en los que se condena a Zinoviev, Kamaniev, Bujarin- son similares a los de la Inquisición y denuncia las actitudes justificadoras de un gran sector de la intelectualidad francesa frente a los mismos.

Estas tesis adquieren especial relevancia ya que El opio… fue escrito de 1952 a 1954 y publicado en 1955, un año antes del célebre discurso del XX Congreso del Partido Comunista Soviético, en el cual el primer secretario N. Jruschev reconociera los excesos del estalinismo. Además del centenario de su autor, este libro también está hoy de festejo ya que cumple su quincuagésimo aniversario. Por la importancia que tuvieron en su época, a continuación se analizaran sus tesis principales que, como se verá, fueron premonitorias de las críticas al socialismo.

Los mitos: La izquierda, la revolución y el proletariado Como el propio autor señala en la introducción, la inquietud del libro responde a la necesidad de reflexionar sobre el papel de la “inteligencia” en la sacralización de las ideologías llamadas de izquierda que se sostienen en los mitos de la “revolución” y el proletariado.

Aron cuestiona la pertinencia de la división entre las categorías de “izquierda o derecha” no sin apuntar el riesgo que él mismo corre ya que “quien formule esta pregunta se hará inmediatamente sospechoso”. A su juicio, esta falsa dicotomía sugiere la existencia de dos tipos de hombres con actitudes fundamentalmente contrarias. Se trata de “amalgamas político-ideológicas con que se juegan los revolucionarios de gran corazón y cabeza ligera y los periodistas impacientes por el éxito”. Sólo el abandono de estos conceptos equívocos aportará alguna claridad a la confusión de las querellas en Francia, patria de la contraposición entre izquierda y derecha y donde ésta adquiere una dimensión especial y abrupta. Refiriéndose al significado de estos conceptos en la etapa posrevolucionaria, nuestro autor señala que cada uno de ellos “…pasa por ser la encarnación de un tipo humano casi eterno. De un lado se invoca la familia, la autoridad, la religión; del otro, la igualdad, la razón, la libertad. Aquí, se respeta el orden, lentamente elaborado por los siglos; ahí se profesa fe en la capacidad del hombre para reconstruir la sociedad según datos de la ciencia. La derecha, partido de la tradición y de los privilegios, contra la izquierda partido del porvenir y de la inteligencia”.

Aron continúa señalando que, sin ser falsa, esta interpretación clásica “representa exactamente la mitad de la verdad”. En casi todos los conflictos existen dos bloques, cada uno de los cuales invoca a una ortodoxia. “La incapacidad que alternativamente muestran las derechas y las izquierdas para gobernar juntas, es lo que caracteriza la historia política de Francia desde 1789. La mitología de la izquierda es la compensación ficticia de los fracasos sucesivos de 1789 y de 1848”.

La izquierda se opone a la Restauración ya que se considera heredera de la Revolución. La equiparación que siempre se ha hecho entre “la izquierda” y “la oposición” se remite a la Tercera República y al hecho de que la izquierda francesa siempre ha vivido en oposición. Se trata de una “izquierda nostálgica” que sólo posee una unidad mítica ya que en realidad, entre 1789 y 1815, nunca había estado unida. La historia social de ningún otro país de Europa contiene episodios tan trágicos como las jornadas de junio de 1848 o la Comuna Socialista.

El marxismo dio la fórmula para asegurar la continuidad entre la izquierda de ayer y la de hoy, pero en ambos casos su pretendida unidad es en realidad un mito: “Así como los revolucionarios de 1789 sólo estuvieron unidos retrospectivamente, cuando la Restauración arrojó a la oposición a los girondinos, jacobinos y bonapartistas, así radicales y socialistas sólo se han puesto en realidad de acuerdo contra un enemigo imponderable, la reacción”.

Aron considera al marxismo como una síntesis que combina los temas principales del pensamiento progresista de una forma “más seductora que rigurosa” y que se sostiene en una lectura sagrada de la historia. En la medida en que considera que las acciones llevadas a cabo por un partido concluirán en la redención de la humanidad, el marxismo conlleva la creencia en una profecía que defiende un solo camino de salvación. Esta “liberación ideal seduce a los católicos de izquierda en la medida en que se expresa en términos tomados de la tradición cristiana. Seduce a los existencialistas porque el proletariado parece ofrecer una comunidad mística a filósofos obsedidos por la soledad de las conciencias. Seduce a unos y otros porque conserva la poesía de lo desconocido, del porvenir de lo absoluto”.

El mito de la izquierda conlleva la creencia en una noción de la historia en movimiento que se yergue sobre la idea del progreso. Sin embargo, frente a ésta, y de forma complementaria, el mito de la revolución contiene un significado opuesto ya que alimenta la esperanza de una ruptura con el curso ordinario de la vida humana. En la medida en que “los hombres que las piensan no son las que las hacen”, lo que es vivido por los contemporáneos como una catástrofe, se yergue posteriormente como un mito revolucionario. Como todas las revoluciones del pasado, las que involucran al proletariado, lo que en verdad sostienen es la sustitución violenta de una elite por otra.

Los franceses proclaman la necesidad de la revolución porque tiene la ilusión de prolongar o reeditar la grandeza pasada. Para el intelectual que busca en la política una diversión, un objetivo de fe o un tema de especulaciones, “la reforma es fastidiosa y la revolución excitante. Una es prosaica, la otra poética; una pasa por ser obra de funcionarios y la otra del pueblo erguido contra los explotadores”.

Como el concepto de izquierda, el mito de la revolución también expresa una actitud nostálgica que sirve de refugio al pensamiento utópico, pero que “se reúne finalmente con el culto fascista a la violencia”. Aron denuncia así las similitudes entre el totalitarismo de izquierda y de derecha, entre el régimen bolchevique y el nazismo, y señala que ambos se caracterizan por la amalgama entre partido y Estado, la crítica al individualismo, la transformación de una doctrina partidaria en una ortodoxia nacional, la violencia de los procedimientos y el poder desmesurado de la policía.

El mito de la revolución va acompañado del mito del proletariado. La propaganda marxista tiende a difundir la conciencia de una injusticia fundamental, y a confirmarla con la teoría de la explotación. Pero en realidad, “entre el proletariado que la sociología estudia y el proletariado que tiene por misión convertir la historia, subsiste una inevitable separación… La voluntad de solidaridad con el proletariado, testimonia un buen sentimiento, pero ayuda muy poco a orientarse en el mundo”. Muy lejos de ser la ciencia de la desdicha obrera, “el marxismo es una filosofía de intelectuales que ha seducido a fracciones del proletariado… Los obreros no se creen por sí mismos elegidos para la salvación de la humanidad. Experimentan muy por el contrario la nostalgia de un ascenso hacia la burguesía”.

Aron sostiene así que los términos “izquierda, revolución y proletariado, son las réplicas tardías de los grandes mitos que animaban antaño el optimismo político: progreso, razón y pueblo”. La izquierda existe a condición de que el porvenir valga más que el presente y de que se fije la dirección del devenir de las sociedades. “El mito de la izquierda crea la ilusión de que el movimiento histórico, orientado hacia un fin feliz…”. Pero además de la importancia de la denuncia que hace del dogmatismo de izquierda, el libro de Aron tiene otras virtudes y una de las más importantes es la de llevar a cabo un análisis de los intelectuales que responde a la mejores tradiciones de la sociología comparativa y permite entender sus circunstancias y características en distintos países. Los intelectuales y su patria: La sociología comparativa El análisis de los intelectuales que lleva a cabo Raymond Aron no se limita al presente sino que, en la mejor perspectiva del análisis histórico que recuerda la estrategia desarrollada por Weber en sus libros sobre sociología de la religión, Aron nos recuerda que: “Todas las sociedades han tenido sus escribas, que proclamaban las administraciones públicas y privadas; sus letrados o artistas, que transmitían o enriquecían la herencia cultural; sus expertos, legistas que ponían a disposición de los príncipes o de los ricos el conocimiento de los textos y el arte de la disputa, sabios que descifraban los secretos de la naturaleza y enseñaban a los hombres a curar las enfermedades o a vencer en el campo de la batalla. Ninguna de esas tres especies pertenece exclusivamente a la civilización moderna. Esta no deja de presentar rasgos singulares que afectan al número y la condición de los intelectuales”.

Como Weber, Aron no reduce la concepción de los intelectuales a aquellos sectores que son antagonistas del poder y recuerda que esta concepción no es aplicable a todos los casos. No es verdad que los intelectuales, sean siempre hostiles como tales; el reclutamiento de la intelligentsia varía según las sociedades. Los letrados chinos han defendido e ilustrado la doctrina, más moral que religiosa, que les cedía la primera fila, consagraba la jerarquía y a la vez daba lugar -mediante el sistema de exámenes- a la promoción de hijos de campesinos. Como contraste, el régimen de las castas de la India y el mantenimiento de cada cual en la condición que había nacido, no permitió desarrollar esta categoría de pensadores.

Los reyes y príncipes, los héroes coronados los mercaderes enriquecidos “han encontrado siempre poetas para cantar su gloria… Todas las doctrinas, todos los partidos -tradicionalmente liberalismo, democracia, nacionalismo, fascismo, comunismo- han tenido y siguen teniendo sus chantres y sus pensadores. Son los intelectuales, en cada campo, lo que transfiguran opiniones o intereses en una teoría, por definición, no se contentan con vivir, quieren pensar su existencia”.

En el caso de Europa medieval, los clercs se conocieron antes que los intelectuales. En pocos siglos, las diversas especies de intelectuales -escribas, expertos, letrados profesores- evolucionaron hacia la laicización. La unión en un solo hombre de un físico, o filósofo, y de un sacerdote resulta una curiosidad. El conflicto entre clercs e intelectuales o entre el poder espiritual de la fe y el de la razón, tuvo por desenlace una especie de reconciliación en los países en que triunfó la Reforma. El humanitarismo, las reformas sociales, las libertades políticas no parecieron contradictorias con el mensaje cristiano.

En cuanto a la génesis de un concepto más moderno de intelectual, Aron señala que “el término intelligentsia fue empleado por primera vez según parece, en Rusia, en el siglo XIX: los que habían pasado por las universidades y recibido una cultura, en lo esencial de origen occidental, constituían un grupo poco numeroso, exterior a los cuadros tradicionales. Se reclutaban entre los segundones de las familias aristocráticas, los hijos de la pequeño burguesía, o incluso de campesinos a acomodados; desligados de la antigua sociedad, se sentían unidos por los conocimientos adquiridos y por la actitud que adoptaban respecto al orden establecido. El espíritu científico y las ideas liberales contribuían igualmente a inclinar hacia la revolución a la intelligentsia que se sentía aislada, hostil a la herencia nacional y como acorralada en la violencia”.

En lo que concierne a los intelectuales en el mundo contemporáneo, con una gran agudeza y sentido crítico, y teniendo en cuenta que “los términos en que se piensa la política provienen de una tradición propia de cada nación”, Aron se pregunta sobre las circunstancias que determinan sus maneras de actuar en los distintos países. Como se ha señalado, Aron considera a Francia como “el paraíso de los intelectuales revolucionarios caracterizados por un pensamiento político retrospectivo y utópico” y por ser el semillero de las ideologías de izquierda que después se difunden al resto de Europa. El autoritarismo de la izquierda intelectual organizadora sólo es comparable con el caso italiano donde también existe una importante fracción de la inteligencia que se adhiere al estalinismo.

Francia se caracteriza por su divorcio entre la inteligencia y la acción, lo cual posibilita “que el último artículo de Sartre siempre sea acogido como un acontecimiento político”. Los intelectuales parecen más integrados que en otras partes en el orden social porque “sólo se toman en cuenta los medios parisienses, donde el novelista ocupa un lugar, igual o superior al hombre de Estado. El escritor, sin competencia, obtiene un amplio auditorio, aun cuando trate de lo que alardea ignorar, fenómeno inconcebible en Estados Unidos, en Alemania o en Gran Bretaña”. La tradición de los salones sobrevive en un siglo de técnica y la cultura general permite todavía disertar agradablemente de política. En cierto sentido, la intelligentsia está menos engranada en la acción en Francia que en otros lugares y se complacen en conducir los debates en términos ideológicos.

“Habituados a hablar para todos los hombres, ambiciosos de un papel a la medida del planeta, los intelectuales franceses se ingenian para disimular el provincianismo de sus controversias bajo los restos de las filosofías de la historia del siglo pasado”.

Dedicados a discutir cuestiones que no se relacionan con los problemas inmediatos “olvidaron el país y sus humildes problemas, para abandonarse al delirio ideológico”. Mientras Francia es la patria del antagonismo entre la derecha e izquierda, estos términos apenas si figuraban antes de la Segunda Guerra Mundial en el lenguaje político de Gran Bretaña. En el primer país, el paso del Antiguo Régimen en la sociedad moderna se llevó a cabo con una prontitud y brutalidad únicas, en el segundo, en cambio, el régimen constitucional se instauró progresivamente, de tal manera que durante los siglos XVIII y XIX la legitimidad democrática sustituyó a la monarquía sin eliminarla por completo. El congreso anual del partido laborista “siempre comienza con una plegaria”. Como contrapartida en Francia, en Italia, en España, a pesar de los movimientos de la democracia cristiana, los partidos que invocan el Siglo de las Luces o las ideas socialistas, conservan, en general, el sentimiento de combatir a la Iglesia.

A diferencia de Francia, Aron considera que el pensamiento político en Inglaterra es contemporáneo de la realidad “gracias al doble éxito de la Reforma y de la Revolución, en los siglos XVI y XVII la intelligentsia británica no se ha hallado en la lucha permanente contra la Iglesia, ni contra las clases dirigentes y ha estado, en sus controversias, más próxima a la experiencia y menos propensa a la metafísica que las clases intelectuales del continente, sobre todo francesas. Los hombres de negocios o los políticos tenían suficiente confianza en sí mismos como para experimentar sentimientos de inferioridad u hostilidad viva respecto a los escritores o profesores.

Estos, por su parte, no se encontraban aislados de los ricos ni de los poderosos, obtenían un lugar -que no era el primero- en la elite, y raramente pensaban en una subversión total. “Pertenecían frecuentemente a la clase que ejercía el gobierno. Las reformas seguían bastante cerca de las reivindicaciones como para que el sistema político-económico mismo se constituyera en un plano de la polémica”. “Gran Bretaña es probablemente el país de Occidente que ha tratado a sus intelectuales de la manera más razonable”. Como lo dijera un día D. W. Brogan a propósito de Alain: We British dont take our intellectuals so seriously (Nosotros los británicos no tomamos demasiado en serio a nuestros intelectuales). Así evitan el intelectualismo militante en que a veces desemboca el pragmatismo norteamericano y la admiración que, en Francia, se dirige indiferentemente a la novela y a las opciones políticas de los intelectuales. “La educación británica, menos ideológica que la francesa, menos optimista que la norteamericana, no aliena al intelectual en el mismo grado. Crea hábitos y no elabora doctrina, hace surgir el deseo de imitar las prácticas y no de reproducir un lenguaje…”.

Aron toma estos “dos modelos de intelectuales” para analizar a otros países. En Japón la situación es similar a la de Francia ya que los intelectuales no reciben sueldos de acuerdo a sus aspiraciones y se sienten agraviados por la presencia de Estados Unidos. Como contrapartida, en los países asiáticos que han sido gobernados por británicos, como Ceilán, India y Birmania, no ocurre lo mismo ya que sus intelectuales en su mayoría son progresistas pero no comunistas, y manifiestan su repudio a la violencia.

Pero los tipos de la intelligentsia en Europa no se reducen desde luego a los patrones inglés o francés. En Alemania, los escritores y artistas ocupaban un estatuto inferior al de los profesores, quienes inclinaban sus preferencias políticas más al nacionalismo que a la actitud de izquierda de los maestros franceses.

En cuanto a los casos de otras latitudes, Aron considera que los intelectuales de América del Sur y Europa Oriental se caracterizan por una combinación de medios autoritarios y objetivos progresistas.

En lo que se refiere a Estados Unidos, nuestro autor explica cómo, en la medida en que la sociedad no conoció el equivalente a la lucha contra el antiguo régimen, las controversias son de un carácter más técnico que ideológico. Los intelectuales se emplean a título de expertos, y el letrado y los pensadores no ocupan el lugar que tienen en Francia. “El debate norteamericano es muy diferente, en su estilo, al debate británico, aunque en el fondo sea análogo. Los Estados Unidos no conocen conflictos ideológicos, en el sentido francés de la palabra; los intelectuales no están allí ligados a doctrinas o a clases opuestas e ignoran las antítesis que se dan en Francia entre el catolicismo o el librepensamiento, el capitalismo o el socialismo”.

A diferencia de la revolución comunista, que es transferible en la medida en que es obra de un partido y de la violencia, “la revolución norteamericana no lo es, porque supone la acción de los empresarios, la multiplicación de los agrupamientos privados, la iniciativa de los ciudadanos”.

Así, de una forma sumamente sugerente, Aron afirma que mientras “el arte de los intelectuales británicos es reducir a términos técnicos conflictos frecuentemente ideológicos; el arte de los intelectuales norteamericanos es transfigurar en querellas morales controversias que conciernen mucho más a los medios que a los fines; el arte de los intelectuales franceses es ignorar, y muy a menudo, agravar los problemas propios de la nación, por voluntad orgullosa de pensar la humanidad entera”.

Aron frente al macartismo Aunque el libro de Aron está primordialmente dedicado a denunciar las actitudes de la inteligencia francesas, no deja de sorprender que en plena Guerra Fría, y con los intentos de llevar a cabo un análisis comparativo, Aron no haya logrado ver los alcances de la persecución macartista contra la inteligencia de Estados Unidos. Lejos de denunciar esta política, las pocas referencias que a ella se hace en el libro no parecen estar formuladas con la debida seriedad sino que pareciera que la mirada de nuestro autor se nubla y que el principal objetivo es criticar a Sartre más que dar un panorama veraz de lo que ocurre en Estados Unidos.

Así, por ejemplo, resultan difícilmente justificables los excesos de Aron en las acusaciones a este último, como cuando afirma que “ciertos textos de Jean-Paul Sartre, en ocasión de la guerra de Corea, del proceso de los Rosenberg, recuerdan los de los antisemitas contra los judíos. Se hace de Estados Unidos la encarnación de cuanto se detesta, y se concentra enseguida, sobre esta realidad simbólica, el odio desmesurado que cada cual acumula en el fondo, de sí, en una época de catástrofes”. Esta postura será ratificada en sus Memorias cuando Aron afirma que “los norteamericanos ocupan en la fenomenología sartreana el lugar que los judíos ocupaban en la de Hitler”. Esta comparación resulta francamente desmedida, sobre todo después de la magnitud de los crímenes del Holocausto y tomando en cuenta que Aron es un judío francés que decidió exiliarse durante los años de ocupación de su país durante los cuales dirigió, desde Inglaterra, la importante revista Francia Libre.

En páginas más adelante, Aron incluso parece llegar a justificar las medidas de la época en Estados Unidos cuando afirma que “la culpabilidad de los Rosenberg era, por lo menos, extremadamente probable” o cuando, de una manera demasiado trivial para el contexto de los tiempos, asevera que en Estados Unidos “la intelligentsia soporta mejor la persecución que la indiferencia”.

Aron continúa con estos argumentos que parecen basarse más en su propia posición ideológica que en una visión crítica de la realidad hasta considerar incluso que el antimacartismo es un “nuevo conformismo”. “El intelectual europeo que viaja a Estados Unidos encuentra un poco por todas partes el conformismo antiMcCarthy, antes que una omnipotencia del macartismo. Todo el mundo está contra el famoso senador… Desdichadamente, todo el mundo no deja de sentirse una minoría, con una vaga conciencia por el pasado de alianza con el comunismo”.

Desde esta perspectiva, Aron llega a afirmar que “los intelectuales norteamericanos están, al presente, en busca de enemigos… Unos combaten al comunismo y hacen profesión de hallarlo en todas partes, los otros a McCarthy, los últimos, en fin a la vez al comunismo y a McCarthy sin contar a quienes, desesperanzados por la falta de causas, se ven reducidos a denunciar el anticomunismo: todos se sienten cruzados en persecución del infiel para hendirlo en dos”.

Los movimientos estudiantiles y la nueva izquierda En el transcurso de su vida, Aron permanece fiel a sus posturas y en los años sesenta lanzará férreas críticas al trotskismo y a la Nueva Izquierda señalando que, como la izquierda que la precede, en su discurso predominan los conceptos marxistas-leninistas y la acusación del imperialismo norteamericano y que, aunque opuestas a la secta original, conservan los rasgos característicos de la misma. Casi toda la Nueva Izquierda tiene en común un lenguaje más o menos marxista y el rechazo al mundo occidental y al modelo soviético. “Este doble rechazo busca una patria en la Cuba de Castro o en la China de Mao, siempre dentro de lo imaginario”.

En referencia a las ideas de Herbert Marcuse, que serían muy influyentes en los movimientos estudiantiles de la década de los años sesenta (recuérdese la bandera de las “tres M” del mayo francés: Marx, Mao y Marcuse), Aron señala que su pensamiento es incapaz de concebir o simplemente de imaginar una sociedad en la cual la técnica enriqueciera sin degradar la condición humana, lo cual lo lleva a un pesimismo cultural a la manera de Rousseau. Desde esta perspectiva, Aron afirma que pese a la síntesis de Freud y Hegel, en El hombre unidimensional, el vocabulario filosófico de Marcuse no deja de ser una crítica romántica y trivial de la sociedad de consumo. Aron refuta las tesis marcuseanas en el sentido de que la socialización de los individuos implica una represión y considera que ésta no va más allá de las necesidades sociales.

Por el contrario, afirma que la generación de los rebeldes de su tiempo había recibido una educación menos represiva y que de hecho “la libertad sexual sin precedente de la que gozan los adolescentes puede crear más ‘problemas’ de los que resuelve. Es posible que, incapaces desintegrar la imagen paterna, no lleguen a la madurez, y que sufran al no tener padre ni maestro, siendo como son, rebeldes en busca de una causa a la cual servir y de un déspota que combatir. No encontrarían en última instancia otros déspotas que la realidad misma, la sociedad llamada de consumo, de la que vienen, que los explica y que ellos rechazan, de ahí la armonía preestablecida entre los cruzados en busca de una cruzada y la condenación general de la sociedad que hace Herbert Marcuse”.

En lo que se refiere a la participación de los estudiantes en esta lucha, Aron señala que por su número, su modo de vida al margen de la sociedad y sus limitaciones, “conservan una especie de disponibilidad”. La educación que han recibido es la más liberal que la burguesía occidental haya dado a sus hijos, lo cual los deja “incompletamente socializados, ya en rebelión contra la sociedad o en nombre de los valores que ésta proclama, ya en rebelión contra esos mismos valores, y víctimas de la meritocracia, y comprometidos a un éxito que los deja indiferentes y que rechazan, por así decirlo, de antemano”.

En este sentido, Aron afirma que la Nueva Izquierda realizará parcialmente sus aspiraciones, sólo a condición de fracasar o, dicho de otra manera, a condición de renovar o de enriquecer la síntesis democrático-liberal, teniendo oportunidad de extender la ciudadanía y la participación en las instituciones de la sociedad civil. Desde esta perspectiva, nuestro autor sugiere que la actitud a tomar frente a la Nueva Izquierda es la de tener en cuenta la función positiva de los conflictos en los cambios sociales y recordar que la “resistencia liberal no implica en absoluto la negativa a las reformas…”.

En cuanto a la situación de los países subdesarrollados de la época, Aron observa con preocupación la creciente influencia del marxismo-leninismo bajo la influencia de Mao Tse Tung o de Castro, con un fuerte valor ejemplar de la lección rusa donde la revolución no depende ni de las contradicciones capitalistas ni del proletariado, sino de la acción violenta de un pequeño número que se organiza como un partido, una serie de milicias o la guerra de guerrillas. A su juicio, “la crítica cultural a la manera de Marcuse, la revolución cultural a la manera de Mao y la guerrilla a la manera de Castro sólo se unen en lo imaginario”.

Una vez pasada la efervescencia de los movimientos sociales de finales de los setenta, Aron continuará sus críticas en un tono más académico explicando cómo la aproximación del marxismo como una metaciencia se manifiesta desde distintos puntos de vista tanto en Sartre y Merleau Ponty, por un lado, como en Althusser, por el otro. En ambos casos se ha reinterpretado el marxismo a partir de una concepción predeterminada del conocimiento histórico, en función de la filosofía de conjunto.

La distancia de Aron frente a los movimientos estudiantiles y su obsesiva crítica al marxismo lo aleja más aún de la posibilidad de ser un autor reconocido dentro de la intelectualidad francesa y mundial. En México, por el impacto que el marxismo francés tuvo en nuestras universidades, también hemos adolecido mucho tiempo del efecto antiAron. Vale la pena aprovechar el aniversario de su nacimiento para leer su vasta producción y reflexionar sobre sus alcances para entender las ideologías que han permeado nuestra interpretación del mundo.

El recuento que se ha presentado sobre su perspectiva frente a las actitudes de los intelectuales lo muestra como uno de los pioneros en la denuncia de las actitudes dogmáticas que caracterizaron una gran parte del siglo XX. Se trata de un autor que se empeña en que el velo de la subjetividad no empañe los juicios del conocimiento. Queda al lector la posibilidad de discernir hasta qué punto Raymond Aron logró una distancia que le permitiera la objetividad buscada y hasta dónde, como los de los autores que critica, sus análisis también están permeados por sus propias posturas políticas.

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