La guerra y nosotros

“La guerra y nosotros”,
por Gina Zabludovsky,
publicado originalmente en Periódico Uno más Uno,
México, 1991.

Después del fin de la guerra en el Golfo Pérsico y de los nuevos rumbos del resultado de ésta para las relaciones internacionales, quiero hacer una breve reflexión, no de la guerra en sí y del nuevo orden mundial, sino de la forma como fue recibida y procesada la información en México por algunos comentaristas en las secciones editoriales de los diferentes diarios.
¿Qué es lo que la guerra  del Golfo nos mostró de nosotros mismos? Como puntos para la reflexión y la “autoevaluación”, conviene mencionar los siguientes:
1.- Un marcado desinterés por ciertos conflictos regionales por considerarse demasiado lejanos o ajenos a nuestra realidad cotidiana.
Hasta antes de lo que se denominó Tormenta del Desierto, desconocíamos mucho ―por no decir casi todo, a excepción de que se trataba de países petroleros― de lo que ocurría en el área, de tal forma que no es exagerado afirmar que con la guerra aprendimos nociones de la geografía de aquella región.
Lo anterior resulta preocupante por la importancia ―en términos de conflicto― que la zona había representado en los años anteriores. Durante mucho tiempo, a pesar de que periodísticamente se “cubría” la guerra entre Irán e Iraq, este conflicto, prolongado y costoso en términos de vidas humanas, nunca penetró en nuestra “conciencia”. Parecía un conflicto demasiado ajeno como para preocuparnos por él. Causó más interés la condena del ayatola Jomeini al escritor indio Salman Rushdie que todos los muertos de la guerra entre Irán e Iraq, o que la matanza de los kurdos por Sadamm Hussein.
En este sentido, la primera lección que debemos tomar en cuenta es que, ahora menos que nunca, ningún conflicto puede ser considerado meramente regional. Pese a las preocupaciones, que afecten cotidianamente nuestra realidad inmediata, deberemos hacer un esfuerzo y no esperarnos a que se aproxime otra posibilidad de una guerra mundial para preocuparnos de lo que sucede en ciertas áreas.
2.- Vinculada con esta necesidad de conocer las diferentes regiones, es importante destacar el poco peso que aún tienen en nuestra prensa los periodistas especializados que pueden informar y analizar lo que incida en un área, sin esperar a que la bomba esté en la puerta para empezar a cubrirla.
En la actualidad hay ejemplos de reporteros y editorialistas que se ocupan de ciertos temas como el de la frontera norte, las cuestiones electorales, e incluso del Oriente cercano, pero hace falta intensificar tanto el número como la calidad de éstos. Los todólogos muchas veces no poseemos el conocimiento necesario para acercarnos a una problemática con la profundidad requerida.
3.- Hay una tendencia muy marcada a analizar la realidad en términos de “buenos” y “malos”.
Como sabemos, esta forma de percibir el mundo la aprendemos e interiorizamos desde la infancia y se la debemos en gran parte a la televisión en donde ―a diferencia de lo que ocurre en nuestra prensa escrita― lamentablemente casi no hay espacios para foros e intercambio de opiniones a los que ahora estoy haciendo referencia.
Sin embargo, pese al espacio abierto en los periódicos y revistas, el ejercicio “crítico” se limitó en varias ocasiones a cambiar el lugar de los protagonistas y ―sin mayor análisis― atribuir el papel de “buenos” a los que en la televisión eran percibidos como “malos”.
Algunos sectores que criticaron la presencia estadounidense en el Golfo Pérsico, adoptaron una actitud pro gobierno iraquí en donde parecía que la única salida era considerar como “amigos a los enemigos de mis enemigos”.
La denuncia a las intervenciones de Estados Unidos en otros países como Panamá e incluso la condena a la matanza de civiles de los aliados en Iraq se tradujo en muchos casos en simpatías hacia Hussein. Esta postura, mucho más emotiva que racional, fue un obstáculo para lograr una mayor objetividad en el análisis del conflicto.
4.- Una actitud que, desafortunadamente, parece ser parte de nuestra idiosincrasia y que confunde la diferencia de opiniones con la descalificación personal.
En términos generales, éste fue uno de los principales obstáculos para el desarrollo de un verdadero intercambio de información y de puntos de vista que hubieran podido abrir nuevas expectativas para el lector.
Como ya ha ocurrido en anteriores ocasiones, los que escribían un artículo eran juzgados en función del grupo al que supuestamente pertenecen: si eran de izquierda o de derecha, progresistas o reaccionarios, pro estadounidenses o contra EU, simpatizantes u opuestos al “círculo” de tal escritor o, incluso, si por sus orígenes eran de tal o cual religión, nacionalidad o grupo étnico. Tanto las ideas como la veracidad de la información pasaron, tristemente, a un segundo plano y los diferentes “bandos” revitalizaron su sentido de pertenencia.
Esta tradición se muestra también en otros ámbitos y en no pocas ocasiones ha permeado nuestra vida universitaria. A pesar del pluralismo que distingue a la comunidad académica, muchas de las mesas redondas que se llevan a cabo en las escuelas de Ciencias sociales reflejan una situación contraria. A falta de una confrontación racional, los diferentes participantes coinciden a tal grado que casi se podría afirmar que la sesión reproduce como un eco los puntos de vista del primer expositor. Ante la homogeneización ―a menudo sobreideologizada― de las opiniones, aquel que “se atreve” a expresar sus diferencias puede ser considerado “sospechoso”.
Quizá sea la ausencia de vida democrática y la propia estructura autoritaria que permea nuestra vida política lo que explique las actitudes extremistas ante la expresión de nuestra propia opinión. O la acompañamos de disculpas (“perdone usted, no lo quiero molestar, pero yo no pienso como usted…”) o de insultos.
5.- Por último, y para terminar con un toque optimista, quiero hablar de las excepciones, de aquellos reducidos espacios donde sí se desarrollaron debates de altura.
Desde mi punto de vista, a pesar de las susceptibilidades que pueda yo tocar en el medio que escribo, el debate que se produjo más en la radio ―y en ciertos y contados programas de televisión― que en los medios escritos. Las invitaciones que algunos conductores hicieron a especialistas del área como Ikram Antaki, Joseph Hodarra, Esther Shabot y Sidane Zeraoui, para mencionar sólo algunos, fueron el respiro verdaderamente refrescante que nos mostró cómo el diálogo puede enriquecer y ampliar las perspectivas de la audiencia. A propósito de programas de radio, y aunque no esté vinculado estrechamente con el tema pero sí con el ejercicio de la democracia, no puedo dejar de hacer votos para que se reanude el programa Voz Pública que dejó de transmitirse en México con el inicio del año.

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