‘Restos’ de la RDA, en venta

“’Restos’ de la RDA, en venta”,
por Gina Zabludovsky,
publicado originalmente en Periódico Uno más Uno, sección “Política internacional”,
México, jueves 25 de julio, 1991, p. 23.

Hace unas semanas ―con anterioridad a la visita del presidente Carlos Salinas de Gortari a Europa― y sin conexión con ella, tuve la oportunidad de pasar un tiempo en Berlín justo unos días antes de que se diera a conocer la decisión, en favor de esta ciudad como la futura capital de la Alemania unificada.
A raíz de mi visita, tengo ahora más preguntas que respuestas sobre el futuro de esta ciudad conformada por dos zonas, que, por un lado, siguen estando drásticamente diferenciadas desde el punto de vista económico, social y en muchos sentidos también cultural y, por el otro, se encuentran ya en un proceso eminente de integración política.
La dualidad entre homogeneidad y diversidad se hace presente constantemente. Como turista que viajé por primera vez a esta ciudad, tuve a lo largo de mi visita una serie de sensaciones encontradas que me gustaría compartir cómo parte de la experiencia del viajero común.
Por un lado, me resultaba difícil tratar de concebir el funcionamiento de las fronteras anteriores que dividían a la ciudad por el Muro del cual sólo se han dejado algunas partes como testimonio. Esta sensación se hacía particularmente presente cuando me trasladaba en el transporte colectivo que con fluidez me llevaba de un sector de Berlín a otro. Al abordar el tren o el metro ―cuyas obras, en algunos tramos fueron hechas con anterioridad a la división de las dos Alemanias― me parecía casi increíble que hace sólo unos meses en determinados puntos fronterizos, el servicio se interrumpía y que aquellos que quisieran ir a la parte oriental tenían que pasar aduana y registrarse en el servicio de inmigración en las propias estaciones del metro. Por la eficiencia de la comunicación ―por lo menos entre los puntos más céntricos de la parte oriental y la occidental― y por la cotidianidad reflejada en los rostros de los pasajeros parecería que el ocaso de la “ciudad dividida” era una historia legendaria de hace por lo menos varias décadas y no un producto de los drásticos cambios de la historia reciente.
Sin embargo, esta impresión queda borrada de un plumazo con la brusca diferencia que uno vive en el paso peatonal de Berlín occidental al Berlín oriental. Frente a las amplias avenidas, y los espacios verdes del Berlín occidental reconstruido prácticamente en su totalidad después de la Segunda Guerra Mundial se yerguen los edificios monumentales de la parte oriental donde al grisáceo y casi negro color de los edificios gubernamentales, se suman los bloques habitacionales construidos al estilo soviético y de una forma dramática las construcciones céntricas que intencionalmente fueron dejadas en ruinas con el claro objetivo de evidenciar la derrota soviética ante los alemanes.
Así, al recorrer la zona céntrica de Berlín occidental en la actualidad el paseante es testigo involuntario de una triple derrota: la de los alemanes frente a los soviéticos en 1945, la que llevó a la división de la ciudad poco tiempo después, y la de modelo de socialismo soviético que se evidenció con la “caída” del  Muro en 1989.
Como contrapartida, el paisaje urbano de Berlín occidental tiene pocas evidencias de la convulsionada historia alemana del Siglo XX. Sobre la ciudad que fue destruida se ha construido una nueva, cuyos barrios residenciales y comerciales no parecen querer apelar a la memoria previa. Si bien es cierto que en pleno Kurfurstendamm (la principal avenida de Berlín occidental) se ha dejado como testimonio la torre ―y las huellas de balazos― de la iglesia neoromática construida por el Kaiser Guillermo I que fue destruida casi en su totalidad durante la Segunda Guerra Mundial, paradójicamente y por estar situada precisamente en el punto de mayor recurrencia a comercios, teatros, cafeterías, cines y centros nocturnos, ésta se ha integrado como elemento “semidecorativo” a las construcciones que la rodean y con la iluminación nocturna incluso parece contribuir a realzar la atmósfera festiva de los grupos musicales que suelen darse cita cerca del lugar.
Como producto de los drásticos cambios, en Berlín hay una nueva fuente de ingreso: la venta de artículos de la ex República Democrática Alemana (RDA) y de otros países que pertenecían al bloque soviético. En uno de los almacenes más grandes situado en Alexander Platz, estaban en barata todo tipo de productos provenientes de Hungría, Polonia y la URSS.
En los puestos ambulantes instalados en Kurfurstendamm y el antiguo Checkpoint Charlie (que era el punto de acceso de una parte de Berlín a la otra), se venden una serie de productos de “temporada”.
Además de los codiciados pedazos del Muro, cuya presentación adquiere todo tipo de formas ―en bolsas de diverso tamaño, en esculturas o figurillas―, en Berlín también están a la venta otros “restos” de la ex Alemania Oriental como son los uniformes del ejército, las “viejas” banderas de la ex RDA, las artesanías soviéticas que seguramente se vendían en las tiendas para turistas. Algunos productos están realizados con verdadero ingenio, tal es el caso de una nueva modalidad de matrioshkas, cuya figura más grande es la de Mijail Gorbachov y que una vez que se abre se encuentra con las figuras más pequeñas de Leonid Brejnev, Nikita Jruschov, Stalin y Lenin.
Estos objetos, que reflejan un gran sentido del humor, son sólo una muestra del excepcional momento histórico que vive esta ciudad que inicia un nuevo proceso de transformación ahora que ha sido reconocida como la nueva capital de la Alemania unificada.

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