José Luis Martínez en La Ciudadela

Publicado el 3 de Febrero, 2011, en www.lasillarota.com

Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca.
Jorge Luis Borges
El pasado 19 de enero, tuve la oportunidad de asistir a la inauguración del acervo José Luis Martínez dentro de la Biblioteca México-José Vasconcelos en La Ciudadela.
Como amante de los libros, me causa un gran gusto que este fondo editorial haya sido adquirido por el gobierno para ponerlo a disposición el público. De lo contrario, posiblemente se hubiera disgregado o vendido a alguna universidad fuera del país. Afortunadamente no fue así y ahora los lectores y lectoras presentes y futuros podemos gozar y nutrirnos de ella. Además de tener la posibilidad de leer y acariciar los libros en la sala recientemente adaptada para este fin, el fondo se ha digitalizado de tal forma que también será accesible a través de los modernos sistemas de comunicación electrónica.
Como lo saben los que han montado su propia biblioteca, en ella se expresa   la biografía del coleccionista. La recuperación de este acervo es una valiosa contribución  a la memoria cultural de este país. Bienvenida sea la preservación de este santuario cultural que, desde que su dueño vivía, era visitado por grandes poetas y jóvenes investigadores.
José Luis Martínez, un gran protagonista de la cultura mexicana de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del siglo XXI, desarrolló varias actividades diplomáticas, políticas e intelectuales pero como lo señaló hace unos años Gabriel Zaid, la biblioteca fue su “obra magna, paralela y previa a la gran historia de la literatura mexicana que no llegó a escribir”.
Como también lo afirmara Luis González y González esta biblioteca es  “un mar cuya navegación requiere años”. Además de los libros y suplementos culturales relacionados con la literatura en   México (desde los textos Prehispánicos hasta la Colonia y los siglos XIX y XX) los 735 mil materiales bibliográficos y hemerográficos incluyen obras de los más importantes escritores españoles, portugueses,   franceses e ingleses, así como los clásicos, griegos y latinos. La colección también comprende obras de filosofía, textos de historias generales y regionales de la más diversa índole, libros de arte de gran formato, y una importante sección de obras de consulta.
El evento de la inauguración fue en uno de los cuatro patios de La Ciudadela, y desde la entrada, la arquitectura lucía a todo su esplendor. Este edificio que fue construido entre 1793 y 1805, es un importante referente de la vida mexicana. En 1816 se convirtió por un tiempo en la fortaleza del virrey Calleja  y en 1885 se instaló el cuartel norte de la ciudad. En 1900 albergó la Fábrica Nacional de Cartuchos y en el 1931 fue declarado monumento histórico. En 1944, uno de sus sectores se utilizó como Archivo General de la Nación, y otro como Biblioteca de México mientras que el resto del edifico fue empleado como bodega, centro para impartir talleres y otras actividades de diversa índole.
Durante mucho tiempo, el inmueble se mantuvo sumamente deteriorado hasta que, a finales de la década de 1980 el arquitecto Abraham Zabludovsky (mi padre)  recibe el encargo de intervenir en la obra y a partir de ese momento, se logra recuperar la composición original, liberando los elementos que lo alteraban para que en su totalidad fuera utilizado como biblioteca.
El edificio ha sido reconocido como un ejemplo de fusión entre el patrimonio cultural histórico y la arquitectura contemporánea. Como lo apuntara en su momento el Presidente de la Asociación de Críticos de Arquitectura Jorge Glusberg “este proyecto alcanza una significación colectiva en la relación que la arquitectura pre y post hispánica ha tenido en la arquitectura mexicana”.
El festejo de la noche de la inauguración fue completo. El lugar vibraba gracias al rescate de la memoria intelectual de México a través de los libros de un coleccionista único y de la contribución   de un arquitecto que, hace un poco más de veinte años, dirigió a una orquesta de instrumentos modernos para sacudir de su letargo a un antiguo edificio y, con respeto, supo dar nueva vida a sus magnos espacios.
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