Memorias con José María Perez Gay

Texto elaborado por Gina Zabludovsky Kuper para Enlace Judío.

Conocí a José María Perez Gay a principios de la década de 1980 cuando cursaba mi maestría en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM. De hecho, todas mis clases de posgrado las tomé con él y con Luis Aguilar Villanueva. Estos dos estupendos maestros me introdujeron al pensamiento alemán de finales del Siglo XIX y la primera parte del XX, y en particular a las contribuciones de Max Weber con cuyas ideas me he enganchado tanto que ya tengo ya varios libros escritos sobre su obra.
Estas clases vinieron a abrir nuevos caminos en una época en la cual el marxismo dogmático que permeo a la vida en la FCPyS durante los setentas, ya estaba desgastado y era necesario abrir a estudiantes y profesores nuevos derroteros

Muy lejos de la rigidez que es común en la academia, en sus exposiciones, Chema Perez Gay se mostraba siempre apasionado y diletante. Con una melena blanca que lo caracterizo desde muy joven, sus presentaciones tenían mucho de teatrales y las constantes referencias a la literatura las hacían sumamente amenas, una especie de piezas únicas. Sus compromisos a todos los niveles, hacían que en muchas ocasiones no pudiera llegar, lo cual creaba una gran desazón entre sus estudiantes ávidos de escucharlo. Sin embargo, a pesar de sus frecuentes ausencias, allí estábamos esperándolo todas las clases. Sabíamos que aunque no asistía con la regularidad deseada, la oportunidad de escucharlo algunas veces nos nutría para todo el semestre y compensaba otras esperas en vano.
A través de él, conocí a autores como Johan Huizinga quien en su libro Hommo ludicus destaca la importancia que ha tenido el juego en las sociedades, y pude adentrarme en el pensamiento de Max Horkheimer, Teodoro Adorno, Herbert Marcuse,y otros miembros de la Escuela de Frankfurt quienes, en los treintas y los cuarenta del siglo pasado introdujeron toda una nueva interpretación del marxismo y el psicoanálisis.

José María Perez Gay fue director de mis tesis de maestría y doctorado. Como sucedió en las clases, sus trabajos de la más diversa índole (en ese entonces era delegado cultural en la embajada de México en Francia) le impidieron hacer un seguimiento puntual de mi investigación. Sin embargo dos o tres ideas que me dio en el camino marcarían mi desarrollo intelectual para el futuro. Entre éstas, destaca la sugerencia de introducirme a la obra de Norbert Elias, autor alemán- judío que, como muchos otros, sería víctima del nazismo por lo cual su obra clave El proceso de civilización (escrita en 1939) no podría ser conocida hasta mucho tiempo después. Como en el caso de Weber, Norbert Elias es uno de mis autores favoritos, y sobre el también he publicado ahora varios textos .

Como sinodal y director, Chema asistió con puntualidad y entusiasmo a mis exámenes orales de maestría y doctorado. Su presencia transformó estos rituales universitarios en una fiesta al intelecto y a la recreación, ya que, más allá de las preguntas que me podían hacer a mí, lo que verdaderamente valía la pena era escucharlo a él. Lo mismo ocurrió cuando tuve la suerte de contar con él como comentarista de mis libros editados por el Fondo de Cultura Económica resultado de mis tesis de posgrado. Su presencia aseguró la amenidad y el éxito de estos eventos y sus reseñas sobre los mismos fueron publicadas en La Jornada Semanal.

Además de ser un extraordinario maestro, Chema y su compañera Lilia fueron buenos amigos. Al construir nuestras familias, las edades de nuestros hijos(as) coincidieron y durante muchos años asistimos a las fiestas infantiles en su casa que ,además del convivio alrededor de piñatas y pasteles, también fueron un terreno de intercambio estimulante de ideas ya que entre los padres, estaban su hermano Rafael, Ángeles Mastreta y José Woldemberg.

La simpatía hacia Perez Gay se hizo extensiva a mi esposo Salo Grabinsky y al resto de mi familia. Cuando mis padres lo conocieron en mis exámenes orales, quedaron magnetizados con su discurso y no quisieron perder la oportunidad de escucharlo nuevamente. Lo tuvimos con nosotros en varias cenas organizadas en mi casa, en la de mis padres y en la de los Perez Gay. Difícil olvidar estas veladas marcadas por la amenidad y el humor del genio de la conversación

Cuando apareció El Imperio Perdido, con sorpresa me vi citada entre los estudiantes a los que agradece. En realidad, se trató de un gesto de gran amabilidad del autor porque las clases a las que asistí no tuvieron que ver con los temas tratados en este libro ni tampoco nutrí su contenido. Fue un honor para mí cuando me invitó a participar como comentarista en una presentación del mismo que le hizo la colectividad judía en el auditorio del Banco Mercantil de México, recinto construido por mi padre el arquitecto Abraham Zabludovsky en Reforma (a la altura de la fuente de Petróleos), y que entonces se utilizaba para diversas actividades comunitarias ( ahora es de BBVA Bancomer)

Y es que, como la mayoría de los autores que trata en El imperio perdido fueron judíos que sufrieron el nazismo, durante esta época, el libro y los intereses de Perez Gay se vincularon estrechamente con esta temática. De hecho, cuando fue el primer director del 22, este canal proyectó la serie sobre sobre Holocausto Shoa. Estableció vínculos de colaboración y amistad con personas relevantes de la comunidad. José Gordon y Miriam Moscona eran responsables de un noticiero cultural que hasta la fecha extraño y, en algunas de nuestras tertulias, también estuvieron presentes la pintora Jósele Cesarman, la académica experta en cuestiones de judaísmo Judit Boxer y Dina Siegel, entonces directora de Tribuna Israelita en nuestro país y ahora dirigente de la sección latinoamericana de la B’nai B’tih internacional.

Como lamentablemente suele suceder, durante los últimos años, la vida me alejó del contacto regular con Perez Gay y sólo seguí su trayectoria a partir de sus publicaciones y las noticias de prensa.
La última vez que lo vi, fue a mediados del año pasado cuando, al saber de su enfermedad, fui a visitarlo a una antigua casa de Coyoacán (muy bien remodelada gracias a la intervención del arquitecto Felipe Leal.) Estando a solas con él, sin la enfermera ni Lidia, al principio me resultaba complicado entender lo que decía. El gran conversador hablaba con extrema dificultad. No me impresionaron los problemas físicos que tenía para desplazarse pero sí saber que un hombre rodeado y entregado a los libros, ahora tampoco podía leer. Sin una lengua fluida y sin capacidad de lectura, parecían los dos más grandes castigos que él pudiera recibir.

La dificultad inicial para entender sus palabras se superó en unos cuantos minutos, ÉL estaba totalmente lúcido y no hubo problema en establecer el diálogo. Una de sus primeras preguntas fue sobre mi madre. Me di cuenta que no se había enterado de su muerte y que su sorpresa y afectación fueron mayúsculas. Gran parte de nuestro encuentro giró en torno a su ausencia, y los dos nos pusimos muy tristes. Antes de salir, me pidió que le pasara su último libro La profecía de la memoria que me dedicó con un gran esfuerzo para deslizar la pluma. “Para Gina…con mucho afecto” dice la letra torcida en el texto que ahora tengo en mi cabecera.

Por una mera casualidad, cuando supe de su fallecimiento, en el taller literario que ahora tomo (conducido de forma espléndida por Miguel Cossío) estábamos con la discusión de La muerte de Virgilio. Se trata de uno de los mejores libros que he leído, y una las pasiones de Perez Gay a cuyo autor Herman Broch le dedicó un capítulo en El imperio perdido. Pensé que el mejor homenaje a Chema, sería continuar con mi lectura.

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