“Democracias enjauladas”: María Teresa Atrián

Reseña al libro Sociología y política. El debate clásico y contemporáneo.
“Democracias enjauladas”
por Atrián, María Teresa
publicado originalmente en Etcétera. Semanario de política y cultura
México, 17 de octubre, 1996, pp. 32-34.

Una de las constantes controversias en las ciencias sociales es el problema del conocimiento, de las propuestas teóricas que explican el universo de lo social: su naturaleza, lo que representan, constituye una querella permanente. La oposición entre fenómenos aparentemente mensurables y aquellos que no parecen medirse –y que, sin embargo, se presentan cargados de sentido- alimentan de manera persistente múltiples debates entre quienes consideran que el pensamiento sociológico debe responder a la practicidad de una realidad variable en el tiempo, y aquellos que ven el territorio de la reflexión como una oportunidad para comprender los acontecimientos más allá de su inmediatez empírica, recatando y produciendo razones para cimentar la explicación de lo real.
Otra de las discusiones que alimentan el quehacer del estudioso de lo social relacionada sin duda con lo anterior, es ¿hasta qué punto las propuestas de los “clásicos” de la sociología y la ciencia política son aún vigentes para analizar y tratar de explicar un presente complejo que a veces nos deja estupefactos ante la cadencia de las mutaciones en marcha? ¿Puede el regreso de los clásicos ayudar a aclarar las divergencias teóricas que existen en las ciencias sociales? Asimismo, ¿cuál es el significado de los distintos conceptos de la sociología y la ciencia política, cuáles sus problemas y limitaciones y cuál su importancia para el análisis de la sociedad actual? Más aún, ¿cómo caracterizar la aparente “crisis de las ciencias sociales” y cuáles son las alternativas que se proponen hacia adelante? Son estas controversias las que fundan la discusión que emprende Gina Zabludovsky en su más reciente libro Sociología y política, el debate clásico y contemporáneo. A pesar de que se trata de una polémica de carácter teórico es posible encontrar propuestas conceptuales enfrentadas a realidad concretas, sobre todo cuando se analiza el desarrollo del pensamiento social en México y América Latina.
El debate que Gina Zabludovsky nos presenta es una discusión organizada en torno a cuestiones nodales. Relación entre autoridad, liderazgo y democracia, globalización y modernidad; soberanía y autonomía; racionalidad y capitalismo, crisis y heterodoxia en la ciencia sociopolítica contemporánea, entre otras. Temáticas, todas permeadas por dos preocupaciones constantes: ¿desde qué perspectivas teóricas se puede abordar la compleja realidad nacional y global? Y ¿cuáles serían los retos a que se enfrentan las disciplinas sociales ante las nuevas condiciones mundiales?
La democracia como modelo de régimen político, como discurso de igualdad y, sobre todo, como imaginario social, no ha dejado, desde su reaparición en el pensamiento moderno, de suscitar polémicas que van desde la caracterización misma del término hasta la negación de modelo como posibilidad real de regir la vida de las sociedades. Los límites y las implicaciones de esta forma de vida vienen una y otra vez al campo de las precisiones conceptuales. Esta “pasión democrática” –parafraseando a Furet- interesa a todo aquel que quiera entender y explicar los regímenes que nos tocó vivir, así como las construcciones que le son inherentes: parlamentarismo, representatividad, sufragio universal, voluntad general, autodeterminación, soberanía, y la misma modernidad de la que fue producto. Sin agotar con esta enumeración las relaciones obligadas del debate. La cuestión de la democracia no pudo pasar desapercibida para la autora de este libro, ya que ocupa dos o tres rubros que lo conforman.
El ejercicio de clarificación conceptual ubica a la autoridad más cerca de las nociones de legitimidad y jerarquización, hecho fundamental que la distingue del poder coercitivo y de liderazgo, sin que esto signifique que la autoridad renuncia al ejercicio de la fuerza y la violencia, antes bien, lo hace sustentada en la legitimidad. Sin embargo, a diferencia del poder arbitrario, la autoridad debe prevenir la aplicación de la fuerza, pues de lo contrario, revierte su naturaleza. La relación de autoridad, presupone la existencia, para cada una de sus partes –gobernantes y gobernados- de un lugar definido y de reglas comunes. Las reglas establecidas deben ser de tal naturaleza que puedan dar sustento a la libertad, pues la libertad perfecta es aquella que asegura su libertad de elección de reglas.
No existe la democracia en un régimen cuya autoridad se sustente en la repulsión de la libertad, más propiamente estaríamos hablando de un régimen autoritario. “Así, en la medida en que la autoridad implica que la obediencia a los ordenamientos no sea impuesta sino que tenga sustento legítimo, se puede afirmar que la crisis de la democracia es una crisis de autoridad”. Esta aseveración nos parece afortunada teniendo en cuenta la serie de imprecisiones teórico-conceptuales en que se incurre de manera corriente al confundir autoridad con autoritarismo y libertad con libertad arbitraria.
Si la autoridad se fundamente en factores institucionales, el liderazgo, por el contrario ha remitido casi siempre a los “atributos personales” gracias a los cuales el líder ejerce su influencia o su poder. Sin embargo, esta relación entre la virtus y la posibilidad de mantener el poder no se considera sustancial entre los estudiosos de hoy. El liderazgo ya no depende esencialmente de una “sumisión personalizada” sino a una serie de elementos resultados de la interacción social, donde, señala la autora, media un proceso organizativo que colectiviza el carácter del líder. Esta novedosa cualidad aproxima a las nociones de liderazgo y autoridad, en la medida que ambas requieren para la continuidad y funcionalidad del ejercicio del poder de un marco institucional.
Lo anterior conduce a la socióloga a una reflexión en torno al papel del líder en los procesos democráticos. Para esto, trae a la discusión el pensamiento de Robert Michels, Max Weber y Joseph Schumpeter. Para Michels, la corrupción de los líderes del poder es un proceso inevitable que inhibe la representatividad: ya no se responde a los objetivos de la “masa” sino a las necesidades de la “élite” a la que se accede. Max Weber comparte la idea de que la “voluntad general” no es más que una ficción. De este modo, su preocupación acerca del ejercicio democrático parte, según la autora, de “una obsesión específica por lo que considera un dominio burocrático incontrolado”, posible “jaula de hierro” de las sociedades por venir. Consecuente con lo anterior, trata de cambiar sustancialmente esta tendencia proponiendo la “democracia plebiscitaria del líder”; es en la competencia pública –terreno privilegiado para la democracia-donde el líder se ve investido de la legitimidad necesaria para enfrentar la burocratización de la política. Schumpeter, por su parte, retoma la propuesta de Weber aunque la plantea con más contundencia: el principio de la democracia sólo radica en la posibilidad que tiene el pueblo de aceptar o rechazar a los individuos que le han de gobernar. Con esto, apunta Zabludovsky, el autor considera inoperante la “iniciativa” del electorado, pues lo que importa es la “aceptación del caudillaje político”.
La otra manera de explorar la discusión sobre la democracia nos sorprende por dos causas. Primero, porque se trata de un ejercicio de estilo difícil en sí mismo: la socióloga echa mano de un recurso poco usual, el diálogo. De este modo, nos presenta un coloquio imaginario entre Lorenzo Zavala y Alexis de Tocqueville. En este ejercicio intelectual, Zabludovsky toma como modelo el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, de Maurice Joly. La otra causa de la grata sorpresa se debe a la invocación de un radical liberal mexicano cuya obra no siempre está presente en los debates o en los análisis sociopolíticos que tratan de explicar el acontecer actual. Un lector poco atento podría considerar una desmesura enfrentar el pensamiento de un reconocido teórico de las ciencias sociales a un intelectual mexicano más conocido por su participación política y sus escritos sobre México, que por sus estudios sobre Estados Unidos de Norteamérica. Sin embargo, ambos comparten una enorme admiración por las instituciones políticas de una sociedad que se convertiría en uno de los modelos a seguir por otras naciones. Asimismo, la discusión muestra la ebullición del pensamiento político de la época, de donde se derivan cuestiones fundamentales que cimentaron y sustentan el pensamiento político: las discusiones sobre igualdad, libertad, democracia…Si bien el pensamiento de Alexis de Tocqueville es más conocido, es interesante encontrar en el diálogo una mención al egoísmo y al individualismo como productos de los nuevos procesos de democratización, pues esta preocupación reaparece varias veces en el texto en forma de críticas al proceso racionalizados del capitalismo, mismo en el que abundaremos más adelante. Invitamos, con la autora, a conocer la tesis que expone Lorenzo de Zavala (incluyendo apreciaciones sobre la cuestión de Texas) en su Diario de viaje a los Estados Unidos. Hay que acercarse al diálogo para encontrar las sutilezas del comercio del habla. Sólo tendríamos que reprochar a la autora que no nos haya aclarado si se trata, como en el modelo, de una plática infernal…
La segunda parte del texto sigue girando en torno al problema imprescindible de la democracia, pero en esta ocasión relacionado con algo que completa la metáfora del círculo: el fenómeno de la globalización en las sociedades modernas. Para abordar este problema y ubicarlo en el debate actual, la estudiosa analiza sobre todo, la obra reciente de Anthony Giddens, académico importante dentro del campo de la teoría sociológica contemporánea. Aquí la globalización es explicada con base en un planteamiento temporal-espacial que, gracias a Zabludovsky, llega a nuestro entendimiento bellamente expuesto. La globalización responde a una relación de temporalidad que se inicia a finales del siglo XVII y se afianza en los comienzos de nuestro siglo con la “homogeneización de los calendarios y de los tiempos entre regiones”. Se trata de la “interacción entre presencia y ausencia, con el enlazamiento de eventos y relaciones sociales que se producen a distancia de los contextos locales”. Contra los que piensan a los nacionalismos como resultado de procesos postmodernos, Giddens ubica estos acontecimientos como propios de la modernidad radicalizada, productos de la globalización. De esta manera, Giddens caracteriza a la globalización como un “fenómeno dialéctico”, capaz de contener las causas del debilitamiento del Estado-nación y al mismo tiempo, los gérmenes que producen el efecto contrario: afirmación de lo local. Pero, ¿qué ha aportado la sociología en cuanto a las discusiones sobre “globalización”? La autora arguye la reciente incorporación de la sociología al debate para mostrar la necesidad de definir los criterios que conduzcan a explicar los fenómenos globales, cuestionando la “novedad” del fenómeno y la urgencia de replantear tanto las perspectivas de análisis como el objeto de estudio.
Respecto a la globalización y la participación política en el mundo moderno, sucede algo similar como en la sociología, aparece la necesidad de redefinir cuestiones como soberanía y autonomía, pues estos términos ya no pueden remitir sólo a una idea de acción política territorialmente delimitada. Además, surge el problema de reflexionar acerca de los nuevos movimientos sociales de carácter internacional. Entonces, ¿cómo repensar el “nuevo orden internacional” a la luz de un proceso de democratización? Sin duda, la primera tarea consiste, tanto para la sociología como para la ciencia política, en precisar las características “novedosas” de la globalización, sus diferencias y su impacto en distintas sociedades. Porque, además, uno de los riesgos que conllevan las perspectivas “globalizadora” y de “internacionalización de la política doméstica” es el de olvidar las asimetrías reales de poder entre los Estados.
Pero ¿cuál es el estado de una teoría social que se enfrenta a nuevos desafíos? Es esta cuestión la materia del tercer apartado de la lectura. ¿Puede hablarse de una “crisis en las ciencias sociales”? Si y no, dependiendo de la toma de posición. La autora parte de una visión optimista de la “crisis”, por tanto ésta no significó más que el abandono de los enfoques totalizadores y del dogmatismo, fenómeno deseable para acentuar y enriquecer el carácter multiparadigmático en el quehacer teórico de las ciencias sociales.

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