“El camino hacia Max Weber”, por José María Pérez Gay

Reseña al libro Patrimonialismo y modernización: poder y dominación en la sociología del Oriente de Max Weber.
“El camino hacia Max Weber”
por Pérez Gay, José María
publicado originalmente en Periódico La Jornada, número 32,
sección “La Jornada Semanal”, México, 15 de octubre, 1995.

José María Pérez Gay, Doctor en sociología, Premio Goethe 1995, director de Canal 22 y autor de los libros El imperio perdido y La difícil costumbre de estar lejos, se acerca en este ensayo al legado del autor de Economía y sociedad y a los obstáculos que su obra ha recibido por parte de los traductores a otras lenguas. La crisis de las ideologías de fin de milenio ha dado nueva vigencia a las teorías de Weber en torno a la dominación burocrática y a la influencia de la cultura y la religión en la vida social.

Durante muchos años, mientras leía a Max Weber, me pregunté por qué los Ensayos sobre sociología de la religión, constituían la parte más conocida en las traducciones de su obra. Por qué La ética protestante y el espíritu del capitalismo se convirtió en una suerte de paradigma de sus investigaciones, un texto obligatorio para todo principiante de la carrera de sociología, sin tomar en consideración el proyecto en torno a La ética económica de las religiones universales. Por qué Confucianismo y taoísmo. Hinduismo y budismo, y El antiguo judaísmo habían sido relegados a una zona de sombra en la traducción de sus grandes ensayos. La prosa de los Ensayos sobre sociología de la religión es un desafío para cualquier traductor del alemán, porque su ritmo y su prosodia imponen obstáculos insalvables en cualquier idioma occidental. Los Ensayos sobre sociología de la religión ofrecen además una complicación mayor. En estos textos Max Weber se convierte en un narrador interesante, un escritor cuya prosa ha sido, sin duda, uno de los momentos mayores de la literatura alemana de este siglo, sólo comparable a la prosa de Sigmund Freud o de Ludwig Wittgestein.
Desde esta perspectiva, los Ensayos sobre sociología de la religión han tenido un destino adverso. Si su legibilidad en alemán es difícil por la materia misma de la investigación, sus traducciones al inglés, francés o al castellano, resultan a veces oscuras e ilegibles. La historia  puede resumirse en varios momentos. A principios de los años treinta, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, traducida al inglés por Talcott Parsons, impuso un modelo de traducción que dio lugar a graves equivocaciones. La principal: la creencia en que el protestantismo es la causa del capitalismo. En particular, esa obsesión de Parsons por traducir Handlung por Action, fuera de contexto y desligando la ética protestante del proyecto general. Si Parsons hubiese traducido Handlung por trama social en ciertos contextos, estoy seguro de que nuestra lecturadel ensayo sería hoy distinta. En castellano el destino del texto no fue diferente. El profesor Legaz Lacambra logró oscurecer de tal manera La ética protestante y el espíritu del capitalismo, que uno se pregunta si tradujo del chino o del alemán, si tradujo a Max Weber o al sociólogo estadounidense.
En 1951, Hans Gerth traduce al inglés The religión of China. Confuscianism and Taoism, cuyos errors en la version inglesa son mayúsculos; el resto de la obra traducida por el mismo Gerth y Don Martindale, en 1956, tuvo los mismos errores: no respetó el proyecto original y confundió los trazos generales. Por un lado, uno leía las páginas en torno a l taoísmo y, por el otro, como si fuese un texto aparte, la Zwischenbetrachtung, el interludio, uno de los textos más importantes de Weber. Es una lástima que el equipo de traductores más claros e inteligentes de la obra de Max Weber ―me refiero a José Medina Echavarría, Juan Roura Parella, Eugenio Imaz, Eduardo García Maynez y José Ferrater Mora, los traductores de Economía y sociedad para el Fondo de Cultura Económica― no hayan traducido los Ensayos sobre sociología de la religión. Porque a pesar del rigor, la edición crítica y los glosarios de la edición de Taurus publicada en 1983, la versión castellana de José Almaraz y Julio Carabaña convierte a la prosa de Weber en un texto lánguido y aburrido, sin el menor asomo de su fuerza y pasión, cuyos laberintos sintácticos nos invitan a abandonar la lectura.
No creo equivocarme si digo que el interés por los Ensayos sobre sociología de la religión renació a principios de los años ochenta, cuando Jurgen Habermas publicó su Teoría dela acción comunicativa. En esta obra, Habermas le dedica un capítulo, quizás el mejor del libro, a la teoría de la racionalización de Max Weber. El discurso filosófico de la modernidad, su obra posterior, sería impensable sin la presentación y la crítica de la obra de Max Weber. Aquí, Habermas pasa revista al desencantamiento de las imágenes religiosas y el nacimiento de las estructuras modernas. Max Weber definió la cultura de la modernidad como el proceso de independencia y autonomía de los valores. Este proceso es idéntico al nacimiento de la ciencia, la moral y el arte modernos. En la modernidad asistimos a la desintegración de la ratio sustancial, encarnada en la religión y la metafísica. La desdivinización del mundo. Desde entonces todo problema que concierne a la verdad, la justicia o el gusto, puede ser tratado de acuerdo a su propia y estricta lógica.
Habermas rescató uno de los temas olvidados de la obra weberiana, el más actual después del derrumbe de los países socialistas, el diagnóstico de nuestra época, una parte de la Zwischenbetrachtung. Weber veía el signo de los tiempos en el regreso a un nuevo politeísmo; la antigua lucha de los dioses tomaba la forma de un antagonismo irreconciliable entre los diversos órdenes de valores. El mundo moderno no tenía sentido porque los distintos órdenes de valores se debatían en una lucha a muerte. Sobre estos dioses y sus luchas ―decía Weber― no importa la ciencia sino el destino. No era amargura ni desencanto criticar a quienes veían la redención  en la ciencia, a quienes pretendían identificar ciencia y revolución socialista con la marcha inexorable del progreso. Había, por el contrario, una admirable audacia en señalar que el mundo moderno no era sino la pérdida del sentido. La unidad, que ya no podemos establecer en el orden social, debía buscarse en la vida íntima de los individuos, con el coraje de la desesperación y a pesar del desastre de sus biografías: la esperanza de los deshauciados. Esta crítica radical a la modernidad no hubieses sido posible sin el estudio a fondo de las religiones, sin la erudición ―hoy increíble― de este profesor alemán que se dedicó a conocer el mundo.
En Patrimonialismo y modernización: poder y dominación en la sociología del Oriente de Max Weber, Gina Zabludovsky continúa el tema de su libro anterior, La dominación patrimonial en la obra de Max Weber. En estas páginas, la autora pone orden en el trazo original de La ética económica de las religiones universales, recupera las diferentes esferas de valores en las religiones y diseña, como en su libro anterior, una ruta crítica para la crítica del patrimonialismo. La dominación patrimonial ―decía Weber― es toda dominación primariamente orientada por la tradición, pero ejercida en virtud de un derecho propio; y es sultanista la dominación patrimonial que se mueve, en la forma de su administración, dentro de la esfera de libre arbitrio desvinculado de la tradición. La distinción ―apuntaba el autor― es completamente fluida. A lo largo de Patrimonialismo y modernización…esta definición weberiana va fundiéndose con su sultanato en una categoría que remite a ese estudio nunca escrito. Pero lo que Weber ya no explicó, lo que a Gina Zabludovsky parece robarle el sueño, es la pregunta por la transición del Estado patrimonial al Estado estamental y a la burocracia enteramente desarrollada. Y la otra pregunta obligada: ¿por qué han brotado originariamente sólo del suelo europeo? Acaso la respuesta se encuentra en El proceso de la civilización, la obra de Norbert Elias, a quien la autora trata en la segunda parte de su libro.
Esta segunda parte es, para mí, la más sugerente. El signo de los tiempos: en ella aparecen autores que, no hace menos de quince años, nunca habrían aparecido al lado de Max Weber: Maquiavelo, Bodino, Montesquieu, Gramsci, Elias y Karl August Wittfogel. Todas estas líneas llevan ―y este es su valor― a una confrontación con Weber.
Con el objeto de evaluar la vigencia de las categorías weberianas para el análisis de nuestra realidad ―escribe Gina Zabludovsky― hemos considerado incluir la indagación en torno al patrimonialismo en México y América Latina. Y aquí se desencadena la parte más interesante de este libro. ¿Hasta qué grado es posible hablar de patrimonialismo en México? Nuestros días están llenos de esta controversia sin mencionarla. Detrás de la rebelión de Chiapas, del debate sobre la democracia, de los proyectos de modernización está presente la controversia sobre la vigencia del patrimonialismo de nuestra sociedad. La revisión de esta controversia desemboca inevitablemente, en el capítulo IX del libro, en la pregunta por los dos Méxicos, por el país legal y el país real, por el dominio de la tradición y las reformas del Estado. De esta revisión yo desprendo una lección weberiana más actual que nunca: el cambio en el orden económico de la sociedad de ningún modo garantiza la democracia ni la libertad, así como la democracia tampoco garantiza la igualdad, ni mucho menos, la justicia.

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