“Weber en México”: Francisco Galván Díaz

Reseña al libro La dominación patrimonial en la obra de Max Weber
 “Weber en México”
por Galván Díaz, Francisco
 publicado originalmente en Periódico El Nacional, núm. 31, sección “Política”
México, jueves 7 de diciembre, 1989, p. 8.

I. Un libro puede leerse de múltiples maneras, La dominación patrimonial en la obra de Max Weber, de Gina Zabludovsky Kuper, recientemente editado por el Fondo de Cultura Económica, no es la excepción a esa regla.
Estructurado en siete capítulos, uno de los cuales es de conclusiones, el libro que se comenta presenta un esfuerzo notable de sistematización teórica, poco común entre nosotros, estudiosos y comentaristas de lo social.
La autora llama la atención en la necesidad de ubicar el concepto de patrimonialismo en relación a la problemática de la dominación y el poder. Ofrece varias rutas de acercamiento a tal cuestión. Procede caracterizando las distintas formas de dominación en Max Weber, estableciendo analogías y distanciamientos respecto de otros tipos: el del feudalismo y el de la burocracia. Un planteamiento de fondo, que a nuestro juicio pulula por todo el libro, se resume en el siguiente párrafo que citamos literalmente: “Como en sus Escritos políticos,  en Economía y sociedad, Weber piensa que la dominación del hombre sobre el hombre siempre será una realidad; que la política representa constantes luchas por el poder, sin ninguna resolución definitiva de las mismas, y que, por lo tanto, ningún enfoque sobre política puede basarse en apelaciones éticas de carácter universal”.
La autora encuentra que el patrimonialismo se caracteriza por una amplia esfera de arbitrariedad y de una correspondiente falta de estabilidad. En su búsqueda expone ejemplos y análisis de la organización estatal patrimonial; discute el vínculo de esta forma de dominación con la racionalidad y contrasta las tesis de algunos pensadores clásicos (los griegos, Maquiavelo, Bodino, Montesquieu), y neomarxistas (Gramsci, Wittfogel) para aportar elementos de clarificación del binomio Oriente-Occidente.
Probablemente de las partes más atractivas de este esfuerzo de investigación y de difusión de un aspecto poco estudiado en México y en Latinoamérica (y quizás en España y otros países) se la puesta en práctica del tipo ideal del patrimonialismo, a través de los estudios que lo ha utilizado en México, durante la colonia y en la actualidad.
II. Entre los elementos de definición del tipo ideal de patrimonialismo, la autora nos recuerda, y afirma interpretativamente, que el interés básico de Weber en torno al patrimonialismo es el “análisis de las relaciones de dominación que se establecen como fundamento de las organizaciones políticas”. Enfatiza que “a semejanza de la dominación legal y a diferencia del feudalismo, la organización estatal patrimonial es una estructura monocrática constituida por empleados gubernamentales que están jerárquicamente organizados y que no son propietarios de los medios de administración”, de manera que su puesto “está basado en relaciones de subordinación y no en deberes objetivos”. De ahí que en otro apartado concluya defendiendo: “en nuestro trabajo hemos explicado cómo la irracionalidad de los intereses patrimoniales se evidencia particularmente en las esferas económicas y jurídicas, donde la ausencia de racionalidad formal se manifiesta con mayor obviedad. Pero esto no equivale, en ningún momento, a la negación de toda forma de racionalidad en la dominación patrimonial”.
Es por de más sugerente (ahora que están tan de moda hablar de análisis de políticas públicas) fijar la atención en la observación de la autora de que en Weber “el cargo y el ejercicio del poder público están al servicio de la persona del Príncipe por una parte, y del funcionario agraciado en el cargo, por la otra; pero no al servicio de tareas objetivas”. Por esto, cuando se remueve al Príncipe (en México diríamos cada seis años) o cuando un funcionario deja de ser “agraciado” cambian los servidores públicos y con ellos todo tipo de proyectos, lo cual conjunto un sinnúmero de impedimentos en el logro de la calculabilidad indispensable para formar una burocracia racional, por lo cual parecen entonces establecerse formas políticas de relaciones patrimoniales. Y, lo que es peor, ineficacia en la acción pública, amén de corrupciones y otros males.
III. son muchas las vertientes que estimulan la agudeza teórica en este libro. Una de ellas es la idea que la maestra Zabludovksy tiene del desarrollo de la recepción de Weber en México, sobre todo en los 70 y 80. Ella afirma que después de los 60 se empieza a divulgar los Estudios políticos, que hasta entonces eran relativamente poco conocidos, y se reflexiona críticamente sobre la pretendida neutralidad valorativa que Weber presenta en sus llamados Ensayos metodológicos.
Sin embargo, agrega, este proceso (…) ha dadlo lugar a un fenómeno inverso: la revalorización de la obra política weberiana se realiza a costa del menosprecio de lo que se conoce como su “sociología académica”, y a que se ha visto encasillada como una “sociología del orden”, expuesta básicamente en Economía y sociedad. En esto coincidimos grandemente con ella.
Pero no sólo por su encomiable preocupación por estudiar seriamente la obra de un autor serio como Max Weber, sino también porque de alguna manera la constante del “cientista” social mexicano es la del ensayismo inmediatista, que en el preciosismo de la forma no siempre aparece atento con el fondo y menos con la complejidad de las teorías. Un ejemplo actual es el snobismo, la moda y el status que resultan de la lectura (permítanme ponerle comillas prosódicas) de un autor, Jürgen Habermas, al que se la buscado imputar un público que, sin embargo, apenas comienza a construirse a partir de su recepción. Cito esta anécdota porque con Habermas la historia escenográfica de una deficiente recepción de Weber, ahora podemos afirmar que uno de los pocos y además bien logrados ensayos escritos por mexicanos es el de Gina. Desde luego que la monumental obra de Luis Fernando Aguilar Villanueva, de La idea de la ciencia social, que he comentado en otro contexto, a mi juicio viene a darnos elementos para superar la paradoja entre Escritos políticos y Economía y sociedad, a que he aludido antes. Ojalá que estos esfuerzos sirvan de ejemplos para no repetir errores de antaño.
IV. tengo la impresión, y así parece afirmarse en las partes finales y al inicio del libro, que éste es un producto en desarrollo. Me parece que uno no debe perder de vista tal cuestión. Y en ese tenor, considero necesario tocar dos puntos:
•    El tratamiento de las diferencias entre comunidad y sociedad en Weber, que hace la autora. Me da la impresión de que uno se explicaría mejor las paradojas si se tomara en cuenta para este asunto, precisamente, lo que Weber dice en el texto de 1913, llamado “Sobre algunas categorías de la sociología comprensiva”, combinándolo con algunos temas de Economía y sociedad. Por ejemplo, para Weber las relaciones sociales no tienen lugar en un clima de armonía, sino en un ambiente siempre presente de lucha social p de selección social, debido a que en todos los casos la acción social se orienta por el propósito de imponer la propia voluntad contra la posible resistencia de la otra u otras partes (Eys, pp. 31, 242-245 y 683-686). En este sentido, bajo lucha o selección social debe entenderse: “(…) tan sólo que determinados tipos de conducta y, eventualmente, de cualidades personales, tienen más probabilidades de entrar en una determinada relación social” (pp. 31 y 42). Pero ¿de qué depende esto? De la capacidad potencial de disposición de poder social, político y económico, por parte de los individuos, grupos, uniones, asociaciones, institutos, comunidades, etcétera. La lucha, la confrontación, el conflicto social, atraviesa todo, según Weber: es decir, en el marco de la acción social y de las relaciones sociales, a la comunidad y a la sociedad.
Parece, pues, que para Weber ni el actuar en comunidad ni el actuar en sociedad son excluyentes. Y sobre todo cuando él parte del punto de vista de que la inmensa mayoría de las relaciones sociales participa en parte de la comunidad y en parte de la sociedad.
•    Ya con el propósito de concluir, quisiera pensar en que el problema de la dominación y el del patrimonialismo no son sólo temas que se puedan desbrozar desde la lógica de la “racionalidad instrumental”. Tengo la impresión de que esta secuencia también está presente en los escritos weberianos de la religión. Escritos que Gina Zabludovksy anuncia incluirá en la continuación de su búsqueda. Quizá la comparación ahora más pertinente pudiera establecerse con Foucault (a través de la idea de la microfísica del poder) y, sobre todo, con Habermas, en su propuesta de desmontaje teórico de la racionalidad instrumental y la inclusión de la racionalidad comunicativa. Parece que Max Weber nos da muchos elementos para leer la acción política, las cuestiones de la dominación en la contemporaneidad, desde la perspectiva del Estado. Esto es rico y necesario. Pero entender el patrimonialismo y la perspectiva de su superación sólo desde la lógica weberiana parecería complicado si no encuentra un punto de inserción de la tan llevada y traída sociedad civil o, dicho en otro esquema teórico, del mundo de la vida. Pensamos, siguiendo más a Habermas que a otros autores que hoy es necesario reflexionar sobre la dominación no sólo como una lógica instrumental; parece que esto ayudaría en mucho a ubicar el patrimonialismo “como concepto clave en el campo de la sociología política”.
V. en verdad, estoy convencido de que esfuerzos de investigación como el de Gina Zabludovsky estimulan  la reflexión sobre nosotros, sobre este país. En una línea plural que busca superar las formas literarias y literaturizantes de la reflexión política. A mi juicio este trabajo ocupa un lugar destacado en esa dirección. Por todo esto, recomiendo La dominación patrimonial en la obra de Max Weber, de Gina Zabludovsky Kuper.

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